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lunes, 17 de octubre de 2011

El capitalismo en crisis: una crisis ética consecuente con la lógica del sistema.




Hace casi 150 años, en el libro primero de “El Capital”, describiendo el funcionamiento del sistema capitalista, sostenía su autor que "el capital tiene un solo impulso vital, el impulso de valorizarse, de crear plusvalor, de absorber, con su parte constante, los medios de producción, la mayor masa posible de plustrabajo. El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa”. Con esta cruda imagen Marx señalaba la lógica interna del funcionamiento del sistema capitalista. Un sistema que tras su irrupción hace más de 200 años se ha extendido a la práctica totalidad de países. En Occidente, el continuo desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, la ciencia y la técnica aplicadas a la producción y la fuerza de trabajo, incrementó notablemente la riqueza material de la sociedad y, también, con oscilaciones varias, mejoró las condiciones de existencia de la mayoría de la población.

Esa mejora en las condiciones materiales de existencia de prácticamente todos los sectores de la población, incluidos los más desfavorecidos, sirvió para que El Capital y toda la obra de Marx fuese pasando al olvido. Su entierro parecía definitivo tras la desaparición del bloque del Este, hegemonizado por la URSS, donde oficialmente decían seguir la tradición marxista. Pero en general, hacía ya tiempo que la teoría marxista había sido abandonado, y el análisis, y justificación, del sistema capitalista estaba asumido desde aquel otro magno estudio, “La riqueza de las naciones”. En esta obra, A. Smith describía el sistema capitalista y la sociedad civil como un mercado en el que cada individuo perseguía su propio interés, pero que, contra lo que posteriormente sostendría Marx, más candorosamente, afirmaba que “al orientar esa actividad para producir un valor máximo, el (hombre) busca sólo su propio beneficio, pero en este caso, como en otros, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos… Al perseguir su propio interés, frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo”. Y esa convicción, la de la legitimidad de la búsqueda del propio interés, de maximizar beneficios minimizando costes, ha funcionado como la ideología de los sectores dominantes de la población dando lugar al neoliberalismo como doctrina y que, en la actualidad, hegemoniza la llamada “ciencia” económica y está presente en las élites económicas y políticas orientando las políticas gubernamentales en la mayoría de los países.