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sábado, 6 de agosto de 2016

A 80 años de la muerte de Blas Infante, el pueblo andaluz sigue empobrecido y su identidad diluida. Un breve esbozo del pensamiento infantiano.



                                                                             


El 11 de agosto de 1936, Blas Infante fue fusilado en el km. 4 de la carretera de Sevilla a Carmona por los golpistas que se habían levantado contra la legalidad republicana. Aquel asesinato se justificaría en una sentencia dictada 4 años después y, en una aberración jurídica, aplicando retroactivamente la ley. Hoy día sigue sin haberse revisado esa ignominia. Que esta reparación no haya sido posible, que los restos de Infante se encuentren en una fosa común del cementerio de S. Fernando, según se supone, es una muestra de la situación de debilidad política y cultural del pueblo andaluz. Y del olvido de lo que fue la obra y el pensamiento de Blas Infante.

La figura del considerado padre de la patria andaluza, Blas Infante, vuelve a emerger con reconocimientos desiguales. Por un lado, las instituciones oficiales parecen mostrar a un Blas Infante que se reconocería con el modelo actual de comunidad. Pero por los sectores más sensibilizados con las históricas demandas del pueblo andaluz, se denuncia la tergiversación de su pensamiento y los objetivos políticos que  Blas Infante persiguió.

¿Cuáles fueron las inquietudes de Blas Infante, qué se proponía para recuperar el estado de postración en que permanecía –y permanece- el pueblo andaluz? En un pasaje de su primera obra, “El ideal Andaluz”, expone lo que le guiará siempre en su quehacer político por el pueblo andaluz: ““Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales…” (Infante, 1915)[i]. Los andaluces, desposeídos a partir del siglo XIII de sus tierras, entraron en la Era Moderna bajo el poder de la nobleza castellana. Desde entonces, los que no fueron expulsados (también con las posteriores de tipo económico), vivieron sumidos en la explotación económica y en la asimilación cultural. Infante sabía que la recuperación de la identidad pasaba por la reapropiación de lo que fueron sus medios de vida. Para que el pueblo andaluz pudiera volver a ser un pueblo, tendría que disponer de la propia capacidad de producir sus medios de vida, y hacerlo con las características con las que siempre lo ha intentado: proyectando su espíritu. Ninguna de las fórmulas políticas en pugna durante el siglo XX satisfacen el ideal del pueblo andaluz, el ideal de libertad, porque ese ideal, presente en la cultura andaluza desde sus orígenes, solo puede conseguirse cuando la libertad individual coincida con la libertad colectiva del pueblo en una sociedad justa orientada hacia el ideal de humanidad.

Infante continúa elaborando su pensamiento filosófico y político en obras como “La dictadura pedagógica”, la inconclusa obra “Fundamentos de Andalucía” o “El complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía”. La libertad tiene que construirse desde abajo, desde el  individuo al municipio, pasando por la comarca y la provincia, hasta alcanzar el autogobierno como pueblo. La propiedad privada puede ser superada por la propiedad de todos, la propiedad comunal; pero el derecho a la posesión, a la generación de riqueza y a los productos del trabajo, estará a disposición de cada cual y al alcance de todos. Todas las familias jornaleras, los auténticos andaluces que fueron desposeídos, por tanto, tienen derecho a la tierra, al trabajo y la posesión de ella.

El ideal presente en el pueblo andaluz es un ideal de libertad incompatible con el capitalismo y el colectivismo socialista. La cultura andaluza es una cultura de raíz libertaria, humanista y vitalista, como sus abolengos griegos, y cuyo genio ha proporcionado brillantes épocas (Tartesos, Bética, Al-Andalus) en la historia. Derrotado y oculto, el ideal andaluz, de libertad y justicia, podrá aparecer y realizarse surgiendo desde cada individuo, construyendo la democracia con la entrega de los mejores hombres y mujeres en la tarea de formar al pueblo en la paz, la libertad y solidaridad para alcanzar un comunismo afectivo, de seres humanos libres y solidarios, es decir el comunismo libertario.

Si de Castilla proviene el señoritismo parasitario enquistado en la estructura social andaluza: el señorito, cacique o terrateniente que oprime y explota al pueblo andaluz; y si el Estado español, su dominio político y centralista, son la causa del empobrecimiento y anulación político-cultural de Andalucía, entonces España es el problema. En consecuencia, el pueblo andaluz, contra el señoritismo y contra el españolismo, tiene que exigir la autodeterminación, constituirse con la capacidad política para ser dueño de sus propios recursos y decidir por sí misma su propio destino. No para construir una Andalucía cerrada en sí (el nacionalismo andaluz es un nacionalismo antinacionalista), sino para el progreso de los pueblos en el ideal de libertad, el ideal de humanidad que, como sucedió en otros períodos de la historia, emergerá desde las propias raíces culturales de Andalucía.

Francisco del Río Sánchez
Profesor de Filosofía





[i] El Ideal Andaluz Ed. Fundación Blas Infante, p. 80

lunes, 21 de marzo de 2016

La libertad confiere dignidad al ser humano. Del republicanismo a la renta básica (II)



Dimensiones enfrentadas en el ejercicio de la libertad (II):

Referirnos al ser humano como una subjetividad libre sin asumir las condiciones materiales de existencia, los movimientos históricos de poder y saber y la trama de relaciones de dominio en las que el ser humano se desenvuelve, nos daría una visión idealista y errónea de lo que constituye la condición humana. La situación y las circunstancias en las que se desarrolla la vida individual y social han alcanzado tal grado de complejidad estructural que no podemos sino hablar de subjetividad devaluada o microsubjetividad.

Aun a pesar de ello, ser una subjetividad devaluada no impide el hecho sustancial de la libertad como estructura que identifica al ser humano y que, a diferencia del resto de seres, lo convierte en sujeto de posibilidades. Y es la libertad como autodeterminación, como capacidad de elegir y justificar lo elegido, la que confiere dignidad al ser humano. En consecuencia, la carencia o limitación de la capacidad para decidir por sí, de autodeterminación, supone la pérdida de dignidad. Esto es lo que sucede cuando las decisiones y el proyecto de vida están en manos de otros, cuando el ser humano es considerado como instrumento o medio por otros que se proponen alcanzar sus propios fines utilizándolo. Por tanto, establecer las condiciones en que es posible la libertad como autodeterminación es, a la vez, afirmar la dignidad humana[1]

Por ello, la aceptación teórica y normativa de las dimensiones del significado y ejercicio real de la libertad han sido el eje sobre el que las aspiraciones humanas han entrado en pugna en la historia de nuestra cultura occidental: tanto las diferentes maneras con las que se ha pretendido interpretar, dependiendo de las épocas y los intereses, como ha podido ser ostentada según la proximidad al poder y ha sido socialmente distribuida para diferentes sectores de población, para unos individuos u otros, ni las propuestas regulativas de la libertad han sido asumidas de la misma manera ni los márgenes efectivos de elección han sido los mismos para todos.

viernes, 25 de diciembre de 2015

La izquierda y cómo superar las aritméticas imposibles



Nunca antes, en la historia de nuestra actual democracia, las fuerzas políticas que se oponen al régimen bipartidista instaurado en la transición habían obtenido una cifra superior a los 5 millones de votos y superado el 20% de los votos emitidos. Nunca antes el régimen había quedado tan debilitado. Y además, con la sensación de que la fuerza emergente que protagoniza tal éxito podría avanzar aún más y ser hegemónica en la propuesta de construcción de un nuevo modelo de Estado y de apertura de una segunda transición. Los cinco ejes sobre los que giraría esa segunda transición tienen un apoyo social creciente que pueden ser, por fin, los que vertebren un país construido desde los pueblos y la gente, un modelo de Estado que esté realmente legitimado en la voluntad libre de la ciudadanía. En definitiva, la vieja aspiración que los organismos de la oposición democrática reclamaron en los últimos tiempos de la dictadura franquista.

Que pueda vislumbrarse la consecución de esta aspiración democrática ha sido, sin duda, un éxito del proyecto novedoso e inédito en la cultura europea que representa Podemos. Sin embargo, en la vieja y tradicional izquierda, la misma que heredaría los principios del partido que impulsó la Junta Democrática los últimos años de la dictadura y que nunca pudo imponer los planteamientos de ruptura democrática, no parece que se hayan percatado de la profundidad e importancia del cambio producido en la sociedad y de lo que significa el partido que ha sabido asumir el nuevo tiempo. Un nuevo tiempo que se gestó en 2011 con el movimiento de indignados, con el 15M, que hizo tambalearse los conceptos clásicos con los que la ciudadanía asumía su situación política. Los referentes políticos e ideológicos derecha-izquierda perdieron la presencia social que, todavía, obstinadamente pretenden asentar en el debate político las fuerzas políticas tradicionales.

Izquierda Unida, que nunca pareció entender el revulsivo que supuso el 15M, finalmente se apoyó en el liderazgo de un líder salido de su seno. Pero las inercias de su pasado como fuerza de izquierda y el aparato anclado en ellas continuaron con el viejo discurso impidiéndole sumarse al clamor del cambio que Podemos, alejado de los ejes izquierda-derecha, representa. En las elecciones cosechó un cercano millón de votos y dos diputados. En realidad, ese resultado, era el propio de quien se encuentra en proceso de decadencia y que no acaba de asimilar el nuevo tiempo. No obstante ese declive, ese millón de votos también estaría en condiciones de asumir el cambio que la sociedad demanda con fuerza creciente y que con su suma, en efecto, este horizonte sería más realizable.

Estos días hemos escuchado algunas voces de la izquierda pidiendo la confluencia en aras de esa realizabilidad posible. Y se hacen las aritméticas sumando votos de unos y de otros, como si nada hubiera pasado y todas las fuerzas representaran y jugaran a lo mismo ante una sociedad estanco representada fielmente en las fuerzas políticas a las que votaron el 20D. No se preguntan por qué Podemos alcanzó ese número de votos y por qué IU-UP se quedó en una quinta parte. No se preguntan por qué IU nunca no ha tenido ese papel como expresión de la indignación popular que, sin embargo, en apenas dos años de existencia sí ha sabido canalizar Podemos. Parece que entienden que la estrategia entre una fuerza política y otra fuese prácticamente la misma y todo se trata de confluir y sumar los votos que ambas tienen.

En eso consiste el error: la estrategia y el discurso es diferente. Y la apreciación que parte de la opinión pública tiene sobre cada una de ellas también es diferente. Ello es lo que hace que la aceptación popular de uno y otro sea tan enorme. Para una confluencia entre ambas, tendría que concretarse, antes que nada, en una confluencia en aquel discurso que está conectando con la sociedad e impulsando hacia el cambio. Una confluencia manteniendo los principios de cada cual es una confluencia hacia la decadencia, hacia los porcentajes en los que siempre se ha movido la izquierda.

Mientras los referentes ideológicos, el discurso teórico y el análisis de la realidad social se mantenga en los parámetros tradicionales de la izquierda, el apoyo social se mantendrá en los porcentajes irrelevantes en los que se mueve en el panorama europeo. La audacia hoy, que ha sabido reinterpretar el discurso político y canalizar la indignación ciudadana, es la que ha planteado Podemos. Si IU quiere sumarse, tiene que asumirlo. Y eso no es lo se atisba entre sus dirigentes.

No obstante, en IU hay cuadros y militantes que esperan el encuentro. Para ello tienen que vencer las resistencias de quienes hacen de sus tradicionales señas de identidad su puesta en política. Tienen que superar las simplezas de análisis que creen extrapolables las confluencias en determinados territorios que se han saldado con resultados apreciables, como si hubiesen sido solo producto de la suma de las partes que se involucraron y no el resultado de una discurso y unas práctica diferentes. La tarea es difícil y, seguramente, no podrá abarcar al conjunto de la organización. Pero es una necesidad que la acometan para incrementar las fuerzas del cambio y no quedar como mero testimonio marginal, como supervivientes de una visión del mundo superada por los cambios sociales y culturales que nuestro tiempo vive. En Portugal y en Grecia, donde numantinamente resisten, permanecen estancados residualmente sin apenas capacidad de operar en la realidad que sus países están viviendo. Ese no es el futuro que les deseamos.

En definitiva, sumarse a las fuerzas del cambio exige hacer un esfuerzo de transformación en los discursos y en las prácticas que, aunque todavía no es lo que se atisba entre sus dirigentes, IU tendría que asumir. Entonces la confluencia no sería difícil.



Francisco del Río
Profesor de filosofía

jueves, 26 de noviembre de 2015

Libertad e identidad humana: el republicanismo como exigencia moral




La libertad como estructura en el ser humano (I)


La progresiva pérdida de respuestas instintivas ante los estímulos del medio durante el proceso de hominización, provocó el surgimiento y necesidad de la cultura como sistema de respuestas adaptativas que ocuparan ese vacío. Así, la cultura sería un modo de adaptación eficaz y superior al biológico, un factor de humanización que se prolongará en la historia dependiendo del medio físico habitado por los diferentes grupos humanos. Por ello, en tanto que respuestas necesarias, el ser humano se verá inevitablemente impelido a elegir de entre ellas la más conveniente en cada momento. Esta inevitabilidad de la elección es lo que hace de la libertad algo constitutivo del ser humano. Por tanto, la libertad es una dimensión estructural de la condición humana, del animal cultural en que el ser humano consiste.

martes, 4 de agosto de 2015

A 79 años de la muerte de Blas Infante, el pueblo andaluz sigue empobrecido y su identidad diluida. Un breve esbozo del pensamiento infantiano.



                                                                           


El 11 de agosto de 1936, Blas Infante fue fusilado en el km. 4 de la carretera de Sevilla a Carmona por los golpistas que se habían levantado contra la legalidad republicana. Aquel asesinato se justificaría en una sentencia dictada 4 años después y, en una aberración jurídica, aplicando retroactivamente la ley. Hoy día sigue sin haberse revisado esa ignominia. Que esta reparación no haya sido posible, que los restos de Infante se encuentren en una fosa común del cementerio de S. Fernando, según se supone, es una muestra de la situación de debilidad política y cultural del pueblo andaluz. Y del olvido de lo que fue la obra y el pensamiento de Blas Infante.

La figura del considerado padre de la patria andaluza, Blas Infante, vuelve a emerger con reconocimientos desiguales. Por un lado, las instituciones oficiales parecen mostrar a un Blas Infante que se reconocería con el modelo actual de comunidad. Pero por los sectores más sensibilizados con las históricas demandas del pueblo andaluz, se denuncia la tergiversación de su pensamiento y los objetivos políticos que  Blas Infante persiguió.

¿Cuáles fueron las inquietudes de Blas Infante, qué se proponía para recuperar el estado de postración en que permanecía –y permanece- el pueblo andaluz? En un pasaje de su primera obra, “El ideal Andaluz”, expone lo que le guiará siempre en su quehacer político por el pueblo andaluz: ““Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales…” (Infante, 1915)[i]. Los andaluces, desposeídos a partir del siglo XIII de sus tierras, entraron en la Era Moderna bajo el poder de la nobleza castellana. Desde entonces, los que no fueron expulsados (también con las posteriores de tipo económico), vivieron sumidos en la explotación económica y en la asimilación cultural. Infante sabía que la recuperación de la identidad pasaba por la reapropiación de lo que fueron sus medios de vida. Para que el pueblo andaluz pudiera volver a ser un pueblo, tendría que disponer de la propia capacidad de producir sus medios de vida, y hacerlo con las características con las que siempre lo ha intentado: proyectando su espíritu. Ninguna de las fórmulas políticas en pugna durante el siglo XX satisfacen el ideal del pueblo andaluz, el ideal de libertad, porque ese ideal, presente en la cultura andaluza desde sus orígenes, solo puede conseguirse cuando la libertad individual coincida con la libertad colectiva del pueblo en una sociedad justa orientada hacia el ideal de humanidad.

Infante continúa elaborando su pensamiento filosófico y político en obras como “La dictadura pedagógica”, la inconclusa obra “Fundamentos de Andalucía” o “El complot de Tablada y el Estado libre de Andalucía”. La libertad tiene que construirse desde abajo, desde el  individuo al municipio, pasando por la comarca y la provincia, hasta alcanzar el autogobierno como pueblo. La propiedad privada puede ser superada por la propiedad de todos, la propiedad comunal; pero el derecho a la posesión, a la generación de riqueza y a los productos del trabajo, estará a disposición de cada cual y al alcance de todos. Todas las familias jornaleras, los auténticos andaluces que fueron desposeídos, por tanto, tienen derecho a la tierra, al trabajo y la posesión de ella.

El ideal presente en el pueblo andaluz es un ideal de libertad incompatible con el capitalismo y el colectivismo socialista. La cultura andaluza es una cultura de raíz libertaria, humanista y vitalista, como sus abolengos griegos, y cuyo genio ha proporcionado brillantes épocas (Tartesos, Bética, Al-Andalus) en la historia. Derrotado y oculto, el ideal andaluz, de libertad y justicia, podrá aparecer y realizarse surgiendo desde cada individuo, construyendo la democracia con la entrega de los mejores hombres y mujeres en la tarea de formar al pueblo en la paz, la libertad y solidaridad para alcanzar un comunismo afectivo, de seres humanos libres y solidarios, es decir el comunismo libertario.

Si de Castilla proviene el señoritismo parasitario enquistado en la estructura social andaluza: el señorito, cacique o terrateniente que oprime y explota al pueblo andaluz; y si el Estado español, su dominio político y centralista, son la causa del empobrecimiento y anulación político-cultural de Andalucía, entonces España es el problema. En consecuencia, el pueblo andaluz, contra el señoritismo y contra el españolismo, tiene que exigir la autodeterminación, constituirse con la capacidad política para ser dueño de sus propios recursos y decidir por sí misma su propio destino. No para construir una Andalucía cerrada en sí (el nacionalismo andaluz es un nacionalismo antinacionalista), sino para el progreso de los pueblos en el ideal de libertad, el ideal de humanidad que, como sucedió en otros períodos de la historia, emergerá desde las propias raíces culturales de Andalucía.

Francisco del Río Sánchez
Profesor de Filosofía



[i] El Ideal Andaluz Ed. Fundación Blas Infante, p. 80

viernes, 31 de julio de 2015

Cuando las críticas al proceso de primarias en Podemos se convierten en un insulto a las personas que en él han participado.



El sistema elegido por la dirección de Podemos para elegir los miembros de las candidaturas al Congreso ha recibido algunas críticas desde corrientes internas de la propia organización y, también, de fuerzas políticas o personas que reclaman la unidad con Podemos. Estas críticas fundamentalmente han cuestionado las denominadas listas “plancha” y la elección de los candidatos/as sin discriminar por circunscripciones electorales provinciales o de comunidad autónoma.

Entre los diferentes procedimientos para la elección de candidatos/as puede optarse por votar personas o listas (que pueden ser abiertas o cerradas), sistemas mayoritarios o proporcionales, utilizar como ámbitos de elección la provincia, la comunidad autónoma o el Estado, etc. A cada sistema se le pueden presentar objeciones diferentes acerca de cuál de ellos representa mejor la voluntad de los participantes en la votación. Pero lo que ha sucedido en las recientes elecciones primarias de Podemos es un desprecio a la capacidad de los participantes en la votación para decidir quiénes deben de representarlos, un desprecio implícito en quienes han criticado el procedimiento utilizado.

La dirección de Podemos decidió que se voten personas, no candidaturas. Ciertamente no se sabe por qué circunscripción irá cada uno los candidatos más votados, pero este aspecto parece irrelevante toda vez que lo que se plantea es alcanzar una mayoría para desarrollar un programa de gobierno estatal y se supone que los representantes actuarán con fidelidad al programa y a las decisiones de los representados. Un problema aparentemente más importante sería la elección de candidatos ajenos a un territorio del Estado cuya identidad cultural y política tratan de defender los inscritos en ese territorio, fundamentalmente podría suceder así porque es mayoritario el número de votantes de otros territorios. Pero como ha sucedido en  Andalucía, los votantes han podido elegir a representantes que defiendan dicha identidad y que figuraban en diferentes listas. Además, como medida correctora, el reglamento de elección de candidatos tenía previsto el reparto por las comunidades de procedencia.

Se sigue insistiendo en que las listas “plancha” desvirtúan la pulcritud democrática del procedimiento. Suponen que el o la votante de Podemos no es capaz de discernir entre los candidatos/as que aparecen en las diferentes listas, que no es capaz de confeccionar de entre todos/as los candidatos/as de cada una de las listas sus propios candidatos, que en caso de desconocimiento acerca de candidatos/as, a la vista de las diferencias de criterios en el seno de Podemos –como en cualquier otra fuerza política-, no podrá guiarse por quien avala dicha lista. En definitiva, una puesta en cuestión intolerable de la autonomía, formación política y capacidad de decisión de las personas que han participado en el proceso. Las críticas, por tanto, han sido sustancialmente una ofensa a las casi 60.000 personas que han participado en el proceso de primarias.