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domingo, 23 de junio de 2013

Para el contexto histórico-político e ideológico de nuestra época.


Coordinadora 25S. Texto para las III Jornadas del 25S.



Sentido de nuestra crítica. Aquí nos referimos a la doctrina liberal en cuanto sustentadora de un régimen de ilegítima desigualdad o de privilegios, no, evidentemente, a aquellas personas que se han llamado “liberales”  y han luchado por la libertad. Y lo mismo hay que decir de la crítica a la religión en general y al cristianismo en particular. Las personas “liberales” y religiosas que han luchado por la libertad pertenecen  a la historia que reivindicamos, nuestro tesoro.



1. El derrumbe del Estado social.

Es ampliamente reconocido que el momento histórico que vivimos es de transición hacia una nueva época. El llamado “Estado social”, el sistema surgido tras la II Guerra mundial, como un Estado mixto, de liberalismo/conservadurismo y de socialdemocracia, ha llegado a su fin. Él mismo era una salida al terrible fracaso del régimen liberal/capitalista siglo XIX, expresión del dominio de la burguesía sobre las clases populares (solo votaban los burgueses), que provocó, con la entrada del siglo XX, las dos Guerras mundiales, los totalitarismos y el resto de la historia conocida. Por entonces, el Estado social parecía la solución al bloqueo histórico que la sociedad venía padeciendo desde la Revolución francesa. Este nuevo régimen, mitad “liberal” y mitad “democrático”, prometía ser capaz de amortiguar los inevitables enfrentamientos que genera el capitalismo. Ahora ese proyecto ha fracasado a la vista de todo el mundo, mereciéndose ser considerado, a lo sumo, como una transición hacia la democracia, pero no verdadera democracia.

Se trataba de reconocer los derechos sociales y políticos por los que los movimientos sociales se habían dejado la piel pero sin verdadera participación popular, bien por imposibilidad econó mica, bien porque en los partidos (en teoría instrumentos de  participación política), domina rían las cúpulas. El Estado social, como el de la Constitución de 1978, reconoce el principio fundamental y decisivo de la soberanía popular (el “lado democrático”), pero este reconocimiento del poder como poder soberano del pueblo se hace en la práctica imposible, poniéndose como excusa la necesidad de preservar la libertad (el “lado liberal”).

El Estado social dejaba un resquicio a las eternas aspiraciones populares a la verdadera libertad, la cual viene dada por la sociedad como unidad de seres humanos iguales. La presión popular por la igualdad amenaza siempre el status quo dominado por el sector privilegiado -por algo los liberales hablan tanto del “exceso de democracia”-, el cual ya no tiene la coartada que le proporcionaba la Guerra Fría para seguir diciendo no al progreso histórico (porque eso era totalitarismo). En esto llegó el llamado “neoliberalismo” de la mano de Reagan y Thatcher,  que es, en realidad, una ruptura de la promesa que animaba el Estado social, que ahora pretenden sustituir  de nuevo por el Estado liberal, en una vuelta al siglo XIX.

Desde entonces no ha parado de crecer la desigualdad, una de las pruebas más claras del agotamiento del Estado social.

2. La crisis.

Tras la Guerra Fría, la ideología se apresuró a asentar el sistema liberal/capitalista por toda la eternidad (Fukuyama, El fin de la historia), volviendo a Hegel, al tiempo que señala un nuevo enemigo, para poder, entre otras cosas, mantener la industria militar y el espionaje masivo a la población interior y exterior:

“El conflicto entre las civilizaciones sustituirá a los enfrentamientos ideológicos para convertirse en la forma dominante de las luchas venideras.” (Samuel Huntington, El choque de las civilizaciones).

La Guerra de Iraq estaba servida.

Por otra parte, la desregulación de los mercados ha provocado la crisis de 2008, que en Europa está siendo aprovechada para eliminar el “Estado de bienestar”, para poder competir con los poderes económicos emergentes manteniendo los privilegios de dominación y ante la actitud díscola de buena parte de la ciudadanía europea, expresada en algún que otro referéndum, ante las propuestas neoliberales. Pero, al desregular aún más, la impotencia de los Estados será mucho más acusada ante nuevas “sacudidas” de los mercados.

La situación está lejos de ser controlada por las élites del sistema. El espíritu “neoliberal” animó a una unión europea económica sin un verdadero banco central que la respaldase, y ahora los Estados europeos no tienen autonomía financiera. Una parte del establishment, la merkeliana, se lanza a una austeridad que interpreta religiosamente, mientras que la otra parte (en la línea del nobel Krugman) aboga por un nuevo keynesianismo (intervención del Estado), que es la posición socialdemócrata y la de los llamados sindicatos mayoritarios, sin ver que el planeta y las poblaciones no podrían soportar esa nueva huida hacia adelante del crecimiento capitalista. Pero la gente ha comprobado que se trata de la misma política, la misma sumisión a los poderes fácticos. Los estudios de opinión pública  arrojan como resultado una decadencia del bipartidismo. Y esos poderes fácticos  están ellos mismos históricamente de nuevo muy desprestigiados –pero ahora estamos mucho mejor preparadas para la crítica y la alternativa-.  Desprestigiado está el capitalismo, este capitalismo “de casino” pero también sus valores básicos (ver contexto ideológico). Y lo está la Iglesia, no solo por los casos de pederastia sino por el giro que Juan Pablo II y Benedicto XVI han dado al Concilio Vaticano II, alineados con el neoliberalismo. Con ellos han dominado en el Vaticano las corrientes más integristas y fanáticas, con la vuelta al Diablo y al infierno. Causas fantásticas y absurdas, extrahumanas que suponen la total incapacidad del ser humano para comprender y resolver los problemas. El bloqueo mental está asegurado: un Dios misericordioso, que ha dado la vida por ti pero que te amenaza con la tortura eterna si no obedeces. ¿Esto no es ideología de un poder despótico y criminal? Así es como lo ve hoy mucha gente.

Como vemos, la crisis no es solo sectorial, económica y política institucional sino de todo el sistema. También lo es del concepto de derecho que rige en él. La gente ha captado las dos varas de medir de la justicia practicada por el sistema, una para las personas privilegiadas y otra para el pueblo.

3. Redes sociales y conciencia global.

“Esa cosa que llaman redes sociales no es más que una fuente de problemas para la sociedad actual…hay un problema que se llama Twitter”, declaró el primer ministro turco, Tayyip Erdogan, el 2 de junio. Decía así claramente lo que la mayoría de dirigentes políticos piensan, incluidos los españoles. Tan tranquilos como estaban manipulando la opinión y reduciendo la democracia a elecciones controladas. Y ahora resulta que los ciudadanos se autocomunican, autoorganizan y automovilizan sin pedir permiso a partido alguno para defender sus derechos y su dignidad, palabra recurrente en las protestas” (Manuel Castells, De Tahrir a Taksim”, La vanguardia, 08-06-13).

Recordamos cuando nos decían que el tiempo de las revoluciones había pasado desde la invención de la televisión, pues ésta permitiría al poder el control de las mentes. La potencia informativa (en cantidad y velocidad)  es tal que desborda por completo cualquier intento de censura. En general hay amplio acuerdo en que es mayor el nivel político de la gente porque hay más comunicación y el nivel de conciencia colectiva se ha elevado. Hay más autoestima, mucho menos servilismo. Las ideas de libertad, igualdad y solidaridad humana se van extendiendo junto a un rechazo total a la violencia. El nivel de conciencia y sensibilidad (de humanidad), contra la injusticia y a favor de la democracia, ha crecido enormemente,  para escándalo de las nihilistas o ideólogas.

4. Algunos hitos de la lucha por la libertad y la seguridad:

- La lucha eco-pacifista contra la inseguridad militar y energética, con multitudinarias manifestaciones contra la energía nuclear y la política antiecológica, la Otan,  la Guerra de Iraq, etc.

- El movimiento “Otro mundo es posible”  que, desde la lucha contra la globalización capitalista,  pasa a una lucha  positiva por una alternativa global.  El cambio, hoy, es a escala planetaria. (La última expresión del mismo la estamos viendo estos días en Turquía).

- Los procesos constituyentes en América latina, en lucha contra el neoliberalismo que llevaba años en la región.

- Las revoluciones árabes, en un proceso que aún no ha concluido.

- El movimiento de las personas indignadas,  que contradice la tesis ideológica de que en las “democracias liberales” no eran ya posibles movimientos revolucionarios o que se propongan un cambio de sistema. La lucha por la libertad no se da solo en las dictaduras formalmente tales, pues  la reforma laboral, por ejemplo, es también un ataque a la libertad. Etc.

5. La revolución en el arte.

Los artistas que vivieron el apocalipsis tuvieron que hacerse preguntas básicas sobre el ser humano y no solo sobre el arte. Fue así como algunas lograron vencer la alienación del arte, apuntando a un “arte antropológico”: “toda persona es artista” (J. Beuys). Todo trabajo, aún el menos considerado hoy,  puede ser una obra de arte.

6. Especificidad de la situación española.

En el sistema español no se rompió con el franquismo, por lo que se ha hecho más inviable aún el proyecto de Estado social, que aquí ha sido muy imperfecto. La derecha ha sido la que involuntariamente más ha hecho por la deslegitimación de régimen. (Estuvieron cuatro años prácticamente sin reconocer la primera legislatura de Zapatero).  El régimen es esencialmente el mismo en todas las “democracias liberales” pero he  aquí que las diferencias accidentales  se convierten en una oportunidad para la spanish revolution.  La palabra “revolución” sonaba de otra manera después de la llamada primavera árabe.  

En nuestro país “la convenida decadencia de la clase política” es enunciada desde la misma Audiencia Nacional en un auto en el que se exculpaba a las activistas imputadas por el 25S. Los estudios de opinión pública arrojan como resultado que una gran mayoría considera que el  Parlamento está secuestrado, la actividad parlamentaria por las cúpulas de los partidos y la política que se hace por los poderes fácticos no democráticos, que desconfían de los partidos (¡siendo un régimen partidista!) al tiempo que confía en los movimientos sociales, aún cuando se les siga votando (aunque menos) con la nariz tapada, por rechazo al contrario y porque no se conoce, aún, alternativa.

Esta deriva del sistema supone, evidentemente, la caída de la careta democrática. En 2001 se alcanza plena conciencia de la impostura del sistema, que se hace cada vez más insoportable: “Lo llaman democracia y no lo es”, exigiéndose “democracia real ya” en el inicio de un movimiento, el 15M, surgido ante la deslegitimación del régimen (como CCOO lo había sido ante la del franquismo), que consiguió extenderse un poco por todo el mundo. El movimiento 15m y afines, PAH o movimiento stop-desahucios, asambleas ciudadanas constituyentes, mareas y, de modo explícito y en términos políticos, el 25s, expresan ese rechazo al sistema dado, y se han hecho merecedores de  la confianza del pueblo (El 56% creen que los partidos pueden ser sustituidos por movimientos asamblearios[1]).  Hay una mayoría que está por el cambio, solo espera una alternativa. Evidentemente, algo tienen que ver los dos años de trabajo del 15M y afines en esta rapidísima evolución de pensamiento político de la gente. Pero, ¿qué es el 15M? ¿cuál  es su significado? Apuntemos algunas ideas.

1) La democracia deliberativa, y, en concreto, la asamblea:

1º. Como el auténtico (natural) espacio político. La ideología rechaza que haya un tal espacio (Ortega), o habla de democracia deliberativa en abstracto (Rawls, Adela Cortina).

2º Donde están las personas libres e iguales a la búsqueda del acuerdo. La asamblea es un ser parmenídeo, una esfera en la que todos sus puntos equidistan de un centro.

3º. Es un universal concreto (el todo está en todas y cada una).

4º. La asamblea es abierta e inclusiva, a nadie se le ha pedido nunca su carné de identidad, y “todas y todos están invitados a ser responsables del movimiento”

5º. Es el tiempo de la seriedad, de ocuparse de las cosas serias de la ciudad; también esta posibilidad es dignidad de las personas; hay una moral tácita o fáctica que se da en ella (respeto, cooperación, reconocimiento, etc.)

6º. Preservación de ese espacio, por ejemplo, de la lucha competitiva (nada de banderas y siglas en él).

7º. La asamblea no asume todos los debates y polémicas directamente sino que crea los grupos de trabajo necesarios para ello donde existe la misma pluralidad que en la asamblea para que, de ese modo, las propuestas consensadas por los grupos puedan ser fácilmente aprobadas por ella.

8º. Construcción colectiva de las propuestas (la asamblea es una mente colectiva).

9º. De la pluralidad primera a la unidad final; las opiniones se van seleccionando en el transcurso de la reunión (ésta no se hace interminable, como algunas creen).

10º. La única autoridad es la moderación, siempre rotatoria, y, por lo demás, portavoces, no líderes.

11º. Responsabilidad colectiva.

12º.  Consenso, el grandísimo concepto de la política, cuyo primer principio es la unidad,  rehabilitado por el movimiento.  Es el consenso el que hace que todas se necesiten y no se dé el desprecio de la minoría por la mayoría porque ésta no necesite su voto para sacar adelante sus propuestas. Etc.

2) La gran sabiduría del movimiento consiste en que aúna dos posiciones: la lucha y la alternativa; la defensa de las personas tratadas injustamente y el universalismo ciudadano; el radicalismo y la noviolencia (resistencia activa noviolenta); la reivindicación de los movimientos de liberación y la Ética. Esto posibilita una gran confluencia de opositoras al sistema.

3)  La autoorganización, etc.

7. Valoración final y prospectiva.
En la Historia universal de la editorial Salvat, publicada por EL PAÍS, en “las claves del siglo XX”, se dan ocho premisas a modo de corolario sobre la globalización. Al final de la 7ª se dice: “El único aspecto de nuestro sistema social que no parece ser contestado,  hoy por hoy, es el modo de producción capitalista, quizá más informacional, pero capitalista en definitiva”  (p.14). Nos parece que esta información indica solo la impresión en la que se estaba en la postguerra  fría del triunfo liberal o neoliberal tipo Huntington o Fukuyama, pero una visión global de la historia desde al menos la Revolución francesa (en la que las dos primeras acciones fueron contra capitalistas, no contra señores feudales) revela el rechazo que el modelo capitalista suscita en la conciencia más democrática e ilustrada, que es el mismo que el espíritu unidimensional del dinero ha provocado en toda alma sensible de todos los tiempos. El capitalismo desarrolla la técnica, pero lo hace unilateralmente (“ahora debemos saber qué parte de la fase productiva queremos liderar”, dice la presidenta de Siemens en España); así se innovará y producirá mucho en un sector pero puedes destruir el medio ambiente, tener cinco millones de parados, producir con obsolescencia programada –ese gran desprecio por el trabajo y el tiempo humanos-, convertir el hambre en una categoría económica, etc. Además, su mentalidad es particularista y agresiva, guerra sucia de todos contra todos, individuos, empresas, naciones, frenándose recíprocamente, arruinándose, bloqueando el gran poder del trabajo colectivo. Divide a la sociedad brutalmente en dos clases antagónicas, la de las herederas, para las que todo es suyo, y la de las desheredadas, a las que se les priva, y se las pretende privar más aún, del grandísimo tesoro que nos ha dejado a todos la humanidad pasada. Además, quedarse solo en una parte es el pensamiento unilateral, que es justamente el error más común. Este sistema atenta contra los principios de la razón, su mentalidad es anticientífica (como la de sus pensadores más celebrados,  Nietzsche, Heidegger u Ortega, que ponen toda su industria en atacar la objetividad: “¿dices que estás explotada? Lo siento, eso es solo tu interpretación”. Hoy, sobre todo hoy, necesitamos una visión más global e integral de lo que pensamos y hacemos. Nos quedamos, pues, con este final del punto octavo:

“Otros modos de negociar la realidad no solo son factibles sino que parecen necesarios. A lo largo de su historia el homo sapiens sapiens ha dado muestras de su capacidad para la creatividad, la belleza, la cooperación, la solidaridad, la fraternidad, la bondad…Modelar, construir y  gestionar un mundo mejor es posible” (p.15).

Esto es un poco puro Renacimiento. (nuestra época no es barroca, como pretenden algunas, sino renacentista). Pero es interesante ver estos dos aspectos reunidos en los puntos 7º y 8º. Lo dicho, esto es un sistema de transición del liberalismo a la democracia. Las maleducadas élites quieren regresar al siglo XIX, el pueblo quiere la verdadera democracia.

“…Sobre todo, ciudadanos de a pie que no se resignan a ceder la soberanía popular, que teóricamente les pertenece, a una clase política sin credibilidad. Y aquí es donde el movimiento turco conecta con la experiencia mundial. País tras país, protesta a protesta, emerge un nuevo modelo de cambio social y político, nacido espontáneamente de una llamarada de indignación contra la injusticia y la brutalidad, sin organización formal, sin líderes aparentes, sin programa específico, pero con valores claramente definidos: respeto a la dignidad de las personas y a los derechos de ciudadanía…Es decir, es un movimiento de refundación de la democracia en el nuevo contexto cultural y tecnológico…Saben lo que rechazan y buscan por sí mismos encontrar lo que les niegan.” (M. Castells, texto citado).

Nacido, no espontáneamente (la ciencia ya rechazó la teoría de la generación espontánea), sino con toda la necesidad histórica y por el trabajo de muchas que han ido creando el terreno propicio, nuestro movimiento se dispone, en las III jornadas, a dotarse de una organización y a ofrecer a la sociedad un programa de cambio de sistema, un nuevo modelo político.              There is alternative!

Para un contexto ideológico de nuestra época.

El sistema no es bueno, tiene, pues, que justificarse, y lo hace desprestigiando la igualdad, la unidad, lo general, afirmando la competitividad, definiendo al ser humano desde el agresionismo, haciendo la apología del sofista -relativismo no filosófico, afirmación de la máscara- y el nihilismo (nihil=nada) -no hay comunicación, ni conocimiento ni realidad conocida-. (A lo cual responderemos desde la historia del pensamiento crítico y la lucha por la libertad).

1) La ideología (del sistema) no cree realmente en la igualdad. Cree en una élite y un liderazgo al frente de la masa. (“Llaman al pueblo “masa” para poder disparar sobre él.” -A. Machado-). Dice garantizar la igualdad ante las leyes. (Pero ésta es echada a perder por la –gran- desigualdad social, económica y política que hay). El valor recurrente de la élite es la excelencia. (Así se justifican los privilegios).

2) La ideología es separadora (alienante).  (Lo que es lógico: es la estrategia del “divide y vencerás”). 1. Separa libertad e igualdad (pero el poder humano es la unidad y, por tanto, igualdad). 2. Separa naturaleza y sociedad, naturaleza (o vida) y cultura, estadio salvaje y estadio civilizado, estado de naturaleza y estado civil, mundo natural y mundo moral, naturaleza e historia. (Por el contrario, el ser humano es social, político, cívico, moral, histórico, por naturaleza –Marx usaba la expresión “histórico-natural”, distanciándose de la ideología-. No ha habido ningún estado “salvaje” –postulado por la ideología etnocentrista o imperialista-. El ser humano nunca ha vivido en la “selva” sino en sociedad. La “selva” es el error, o la decadencia de la sociedad, derivado de la desigualdad). 3. Separa las facultades humanas: sensibilidad, pasión -corazón/voluntad- y razón. (Pero, por ejemplo, el amor, sobre todo a la patria y a Dios, sin la razón puede ser mortífero. Y si se separan los sentidos de la razón, entonces el conocimiento y la política se hacen imposibles, al no contarse con lo general -el bien común- y lo universal -el concepto-).  4. Separa pasado y presente (destruyendo el progreso humano, fundado en la memoria, lo que es peor que apropiarse del pasado, lo que también hace la ideología), y presente y futuro (destruyendo la acción ¡obra maestra de la ideología!, there no alternative, no hay movimiento, la impotencia está garantizada). 5. Separa las disciplinas y la actividad: la creatividad es confinada en el arte, la política no es moral –carece de principios-, la Filosofía -o “Metafísica”- no está en ninguna de ellas, está acabada, etc.

3) La ideología es particularista. El familiarismo, la empresa capitalista, el partidismo, el nacionalismo, son tipos de particularismo (criticados por el movimiento obrero, el feminista y los otros movimientos de liberación). Dice que la acción directa es particularista y que el parlamento representativo –del sistema- es la voluntad general. (Evidentemente, la verdad es lo contrario, la acción directa, la asamblea, construye la voluntad general del grupo y ese parlamento es la lucha entre sí de los particularismos. En el movimiento de la spanish revolution se ha elevado lo público frente a las privatizaciones).

4) La ideología es competitiva, violenta y militarista. Según este sistema, lo productivo es la competitividad, en el Mercado, en el Parlamento, en el ámbito internacional, en las concepciones ideológicas  -”izquierda” y “derecha”-, etc. (Pero eso es más bien lo antiproductivo: ganadores y perdedores, lo que una gana, la otra lo pierde. La sociedad actual  valora mucho más la cooperación –natural en seres sociales-. Ley de la potencia del grupo social: la suma de individuos al grupo unido multiplica la potencia del mismo. La unidad es el tesoro).

Según la ideología, la maldad es natural, una categoría histórica, y el hambre (la amenaza del mismo) es una categoría económica, un motor necesario del sistema económico, el Estado es definido como monopolio de la violencia, hay guerras justas, etc. (Por el contrario, las ciencias y la filosofía dicen que lo que el ser humano necesita es educación, y que precisamente es un gran problema  la mala educación de las élites, las personas privilegiadas para las que sus privilegios son como una segunda naturaleza. Y también la enseñanza religiosa es mala educación, pues da una excesiva confianza, da todo hecho, el entero sentido de la vida en dogmas; por el contrario, la infancia del pueblo está motivada para buscarse la vida. El verdadero poder humano se ve en la carroza platónica: las yeguas son la pasión (el corazón/voluntad), fieles y fuertes, el cochero es la razón común, el consenso, y las demás que van en la carroza, son el sentido/percepción. Las tres partes funcionan unidas –y cada una de las tres tienen las tres facultades o potencias- pero la ideología trocea el conjunto y separa las partes: eso es la impotencia, eso es el mal). 

5) La ideología es sofística (engañadora y nihilista). Por regla general, los ideólogos simpatizan con la sofística, con el relativismo no filosófico (todas las opiniones valen igual, la del privilegiado y la del superviviente) y la máscara. (El poder despótico es, por esencia, sofístico, engañador e impostor, y no puede ser de otra manera porque es una ínfima minoría frente al gigante del pueblo -tenía razón Don Quijote, en realidad no son ovejas, Sancho, sino gigantes- a los que tiene que engañar, decirle sobre todo que no pueden nada. Afirma la soledad o semisoledad –particularismo-: por tanto, no hay comunicación, ni conocimiento, ni realidad –conocida-: es ésta también una obra maestra de la ideología. Son capaces de renunciar a la libertad, arrojándola a un abismo insondable, antes que poner en peligro sus privilegios –lo que ocurre cuando el pueblo exige libertad. “Lo llaman democracia y no lo es” señala esa esencial impostura. Y esto es muy interesante, pues es mucho más fácil derrocar a un impostor que a un “poderoso enemigo”, como creen algunos que es. No es poderoso. Son muchos menos y son estúpidos (por la mala educación): Los privilegiados venden su humanidad por unos privilegios cuando la Ciudad unida haría que vivieran mucho mejor en un régimen igualitario.

6) MORAL GENERAL DEL PUEBLO. Todos estos puntos dan una precisa idea de la moral del sistema, cuyo primer gran principio es la búsqueda del máximo beneficio. (Lo que es un medio para la obtención de privilegios y el ejercicio de un poder despótico). El modo de vida burgués se encierra en su propiedad particular. No vive verdaderamente en la ciudad, en lo colectivo, no es pueblo. En cuanto procapitalista su lema es: “vicios privados,  virtudes públicas” -la “mano invisible” del fundador de la Economía burguesa, Adam Schmith-.  (Confunde el interés particular con el general o común. En general, la moral burguesa es fideísta (se queda en las creencias/dogmas) y patriarcalista -en alianza con el conservadurismo o la reacción-, elitista, violenta, militarista, etc. Frente a ella, no se trata de oponer una moral doctrinaria, elaborada por algún catedrático, sino la moral general del pueblo. Este sistema chirría con esa moral general. No es cuestión de idealizar al pueblo, que no lo necesita, sino de constatar que vive más colectivamente, más en vecindad, en la reciprocidad y la ayuda mutua, es menos competitivo pero el esfuerzo, el tener que buscarse la vida le definen, así como la solidaridad, la sensibilidad para la justicia y la injusticia, la organización colectiva, soluciones colectivas, felicidad colectiva. La moral del pueblo tiene la idea de una sociedad sin privilegios, y, por tanto, verdaderamente unida, donde reina la libertad, la igualdad y la fraternidad. Por eso ha dado de sí tantos movimientos de liberación. En la Modernidad el concepto de sociedad buena, unida o racional, en la que el individuo es parte total (pars totalis), individuo esencial, donde lo universal no está en el Estado sino en todas y cada una de las personas, fue obra del movimiento obrero  (enunciado a principios del siglo XIX):

“Uno para todos y todos para uno”







[1] Nicolás Redondo, ¿Cómo queremos ser gobernado?, EL PAÍS, 08.05.13.

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