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miércoles, 11 de julio de 2012

Andalucía entre dos imágenes: liberalismo o libertarismo. De Ortega a Blas Infante (1ª parte).



En esta serie de dos artículos me propongo analizar la diferente imagen que del hecho diferencial andaluz tenían dos grandes pensadores: Blas Infante y Ortega y Gasset. Ambos autores mantuvieron una  constante  preocupación por los problemas que les tocó vivir. El filósofo, desde una posición netamente liberal, y el andalucista, que evolucionó desde un liberalismo radicalizado hasta asumir explícitamente el libertarismo, comentaron y se involucraron personalmente en diversas iniciativas políticas.

En esta primera parte veremos algunos momentos en los que desde la misma matriz, el respeto a los derechos y libertades individuales, surgen enfrentadas estas dos corrientes de pensamiento filosófico-político. En el siguiente, que se publicará en breve, analizaremos la imagen de Andalucía que ambos proyectaron.


Liberalismo y libertarismo.

El liberalismo político entronizó el moderno Estado de derecho como aquél modelo de Estado que garantizaría el respeto a las libertades individuales frente a cualquier tipo de coacción o límite al ejercicio de ellas. La división de poderes, propuesta por Montesquieu, tenía la finalidad de que actuaran de contrapeso tratando de evitar cualquier situación de despotismo o injerencia en los derechos y libertades ciudadanas. Otros ilustrados, como Rousseau, entendieron que el Estado, además, tenía que propiciar la igualdad jurídica y moral de todos los ciudadanos y garantizarla. También Kant, en su opúsculo La paz perpetua (1795)[1], formuló los principios sobre los que debía organizarse jurídicamente el Estado moderno, a saber: libertad de cada miembro de la sociedad en tanto que ser humano, principio de dependencia de todos respecto a una única legislación, en tanto que súbditos, y principio de igualdad de todos los súbditos en tanto que ciudadanos. Para preservar estos principios, Kant proponía que el soberano al promulgar las leyes tendría que regirse por la fórmula “lo que no puede decidir el pueblo sobre sí mismo y sus componentes, tampoco puede decidirlo el soberano sobre el pueblo”. En general puede decirse que, para el liberalismo, el reconocimiento formal y la protección de los derechos y libertades individuales se producía para que las relaciones individuales y sociales, en las que predominaba la búsqueda del interés propio y el lucro personal, se establecieran sin la injerencia coactiva de las instituciones del Estado.

Pero la relación entre individuo y Estado y la preeminencia ontológica del individuo no quedó reducida a una única interpretación liberal. También durante los siglos XVIII y XIX, en el ámbito anglosajón, se produjeron otros desarrollos diferentes a la filosofía continental y, en particular, al formalismo kantiano y al idealismo alemán. Siguiendo la estela del gran teórico del pensamiento liberal, J. Locke (XVII), que ya había sostenido que el ser humano poseía unos derechos naturales inalienables, como el derecho de propiedad, y que el Estado, resultado del pacto alcanzado entre individuos propietarios, tenía la  función de garantizar, otros pensadores de la tradición liberal (A. Smith, D. Hume, etc.), intentando amortiguar los excesos de un individualismo posesivo, indagaron en los sentimientos sociales como fundamento de la moralidad, de manera que el individuo en sociedad ya no fuera sólo un competidor que buscaba maximizar su propio interés.

Con todo, la elaboración más atenta a la importancia de los demás se produjo en la obra de J. Stuar Mill. Como los utilitaristas, consideraba Stuart Mill que la felicidad individual sólo sería posible en la medida en que se fomentara  el disfrute de los bienes para el mayor número de personas. Así, la utilidad pública de los bienes, también surgía como consecuencia derivada de los sentimientos humanos de simpatía. El sentimiento de justicia correspondiente, expresado como imparcialidad e igualdad, así como respeto de los derechos legales y morales de cada persona, harían posible el ejercicio de la libertad, que es para S. Mill, precisamente, lo que define esencialmente al ser humano. Por ello, la libertad individual, no como libre albedrío, sino como libertad política y social es un bien en sí mismo, es el reconocimiento de la dignidad del ser humano. La libertad individual, garantizada para todos los miembros de la sociedad no tendría más límite que el respeto a la igual libertad de los demás. Asistimos con S. Mill, por tanto, a una radicalización del liberalismo, que empieza a tener en cuenta los poderes que en la sociedad pueden yugular el ejercicio real de la libertad. No puede soslayarse el hecho de que no todo individuo accede a la libertad social y política, y que las garantías jurídicas del Estado dejan sin cobertura en la práctica a los individuos que carecen de de las condiciones adecuadas, a los que pertenecen a las clases trabajadoras.

El liberalismo más consecuente, radical o libertario, se va ideológicamente configurando a los largo del siglo XIX  en abierta confrontación con el liberalismo clásico. Entre los objetivos que el Estado liberal tenía que preservar, además de la protección de la vida, la seguridad ciudadana o el comercio, se encontraba primordialmente el derecho de propiedad, considerado desde Locke como derecho natural. Pero para los pensadores libertarios, era la propiedad privada sobre los medios de producción el origen de la desigualdad social que sumía en la exclusión social a sectores mayoritarios de la población. La población trabajadora, sin acceso real a la propiedad, se veía forzada a vender la fuerza de trabajo en el proceso de producción a cambio de un salario que lo reducía a condiciones miserables de existencia. El individuo, en esas condiciones, quedaba despojado de lo que esencialmente le caracterizaba: la libertad. El trabajo asalariado imponía una esclavitud que colisionaba con el principio libertario de que el trabajo debe ser libremente realizado y controlado por los propios productores.

En este siglo, algunos pensadores oscilaron del liberalismo al libertarismo, como Pi y Margall y Henry George, preocupados en superar la propiedad privada a favor de la propiedad colectiva o de la posesión de tierras, evitando así la desigualdad y favorecer el progreso social y la libertad. Otros, más decididamente libertarios, como Proudhon o Bakunin, mantuvieron diferencias teóricas con K. Marx, quien hizo del libertarismo (al menos en la interpretación humanista, especialmente en la obra anterior a las Tesis sobre Feurbach)[2],una filosofía propia y dependiente de su concepción diléctico-materialista de la historia. Aunque existían notables diferencias entre ellos respecto al Estado, proponiendo en unos casos la descentralización, la instauración de un Estado proletario previo a su extinción en otros o, también, la destrucción revolucionaria del mismo; en general asumían la necesidad de alcanzar una asociación libre de productores, una vez eliminadas las clases sociales y todo tipo de poder social, como modelo de sociedad donde la libertad sustancial de ser humano pudiera realizarse.

Entre el liberalismo y el liberalismo, por tanto, competían dos imágenes de la vida en sociedad. Para el liberalismo, la sociedad sería el lugar de encuentro donde los individuos libremente acuerdan relaciones entre sí y que el Estado, como órgano neutral, tiene que velar por su funcionamiento garantizando  el respeto a las libertades individuales; y además supone que la consecución del interés propio se convertirá en la fuente de progreso.  O, una vez radicalizado el liberalismo, para el libertarismo, la sociedad estaría formada por el conjunto de relaciones sociales que surgen por necesidad propia de los seres humanos, pero que, históricamente, ha dado lugar a una trama estructural que impide el ejercicio real de la libertad para amplios sectores de la población. El poder político, el Estado, serían las instituciones que sostendrían el sistema social; por tanto, el Estado es considerado como el aparato de poder de las clases dominantes.


Francisco del Río Sánchez
Profesor de Filosofía


[1]  Ed. Tecnos. Edición 6ª, 1998. Sección segunda.
[2] También cabe una ontología social y de carácter histórico determinista, especialmente en la obra posterior a las tesis sobre Feuerbach. Pero también es discutible que sea así según otras interpretaciones de El Capital y obras posteriores.

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